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¿Únicos en el universo?

El pueblo elegido. El grandioso destino de una nación. El mayor imperio jamás visto en la historia. El centro de la creación. El culmen de la evolución. Son frases oídas en distintos contextos, políticos, religiosos, incluso científicos, pero todas ellas, en esencia, revelan la egolatría de los humanos. Directamente relacionado con esas visiones orgullosas de nuestro mundo y el papel que jugamos en él, hablo hoy de lo que llamaría el paradigma de la vida en el universo.

Paradigma no es una palabra demasiado usada. Está, por un lado, su acepción, más popular, como ejemplo representativo o más claro: “James Dean, el paradigma del joven rebelde”. Pero en ciencia paradigma tiene otro significado, sería una serie de conceptos que se dan por ciertos y alrededor de los cuales se construye un conjunto extenso de hipótesis científicas. En algunos artículos de Vacío cósmico hemos hablado de axiomas, verdades que se aceptan como ciertas sin demostrar. Un axioma muy básico es que siempre podemos sumar dos números y nos da otro número, siempre el mismo: dos más dos son cuatro y siempre cuatro. A ver quién es el guapo que demuestra eso, pero podemos plantearnos su veracidad matemática. Los paradigmas serían algo parecido, pero más complejos y elaborados que los más fundamentales axiomas, incluyendo esquemas mentales, corrientes de pensamiento o razonamientos establecidos, acerca de los cuales existe cierto consenso (aunque solo sea por la imposibilidad de tener otros).

Uno de los paradigmas más importantes en astrofísica es el llamado cosmológico, que asume que el universo está formado principalmente por materia que no vemos, llamada oscura, mucho más abundante que la materia normal (bariónica) que forma las estrellas, planetas, y a nosotros mismos, y aparte estaría la llamada energía oscura. Pero no quiero pararme hoy en ese paradigma, sino en uno más fundamental para los humanos, y que está relacionado con las frases que enunciaba al principio de este artículo. Sería el paradigma de que la vida solo existe en la Tierra. Seríamos el pueblo elegido, la Tierra habría tenido un destino glorioso, el centro del universo donde se darían las condiciones para la aparición de la vida con un culmen en la evolución que representaría la humanidad.

Si las frases del principio del artículo nos chirriaban, las del último párrafo también deberían hacerlo. Pero lo damos como válido, casi a nivel de cerebro reptiliano, y a partir de ahí vivimos. Si no fuera un paradigma, ¿qué sentido tendría muchas cosas de las que hacemos y hemos hecho a lo largo de la historia?

Y vamos a la parte astrofísica de este artículo. Todo paradigma, y todo axioma, se da por cierto sin demostrar, pero puede no ser válido. Siendo pilares fundamentales, más o menos complejos, de muchas teorías que emanan de ellos, no es fácil falsarlos (otra palabra no muy usada, pero que quizás nos hace mucha falta en estos tiempos). Pero si se descubre que no son válidos, y se desata un cambio de paradigma, el avance científico es extraordinario. Es el caso, por ejemplo, del cambio de paradigma que se conoce ptolemaico (la Tierra está en el centro del universo) a copernicano (los planetas se mueven alrededor del Sol), que no está tan lejos del paradigma de la vida en el universo.

Los paradigmas a veces se rompen y aparecen otros después de un proceso más o menos largo de investigación en temáticas diversas que desembocan en una revolución científica e incluso tecnológica. Otras veces se busca activamente la validez del paradigma. En el caso del paradigma de la vida en el universo, aunque el problema no es sencillo, tenemos toda una batería de experimentos para validarlo o no. Desde tierra intentando entender cómo surge la vida, y también en el espacio a través de misiones de exploración de mundos lejanos.

Una de estas misiones, que el año pasado entró en su última fase de desarrollo en la NASA, y que ahora están en vilo con los acontecimientos de las últimas semanas, es Dragonfly, Libélula en español. Está (¿estaba?) destinada a volar en 2028 y llegar a Titán, una luna de Saturno, en 2034. Y allí tendrá (¿tendría?) la misión de estudiar un mundo único, con lagos y/u océanos y atmósfera como la Tierra. Pero a temperaturas de unos -180 grados Celsius, esos océanos no son de agua, nuestro líquido vital más bien forma “rocas” en la superficie o ríos de “lava” que salen de criovolcanes y renuevan la superficie helada. Los líquidos que sobreviven a estas temperaturas son metano y etano, que en la Tierra son gases.

Sin embargo, los gases que forman la atmósfera de Titán son nitrógeno (como aquí mismo) con “humedad” (es decir, gas diluido) y nubes de metano. Un sitio muy diferente a nuestro planeta pero que tiene mares, donde hay compuestos de carbono por doquier que podrían dar lugar, con la energía proveniente del Sol y del interior activo del satélite (que explica los criovolcanes), a moléculas complejas de las que se necesitan para que aparezca la vida. Quizás no haya vida allí, quizás no como la nuestra, quizás solo sea un paso más para romper nuestro paradigma de la vida en el universo.

Dragonfly será el segundo artefacto volador humano que surcará los cielos de otros mundos. Pero mientras el Ingenuity de Marte tenía como objetivo principal demostrar que la viabilidad de robots voladores en misiones espaciales, Dragonfly contará con bastantes instrumentos científicos que analizarán las condiciones del satélite en distintos puntos separados decenas de kilómetros. Básicamente es como un rover de los de Marte, pero volador. Podrá analizar la atmósfera y tomar muestras en distintos terrenos según vaya desplazándose por la superficie de Titán, quizás visitando de cerca un criovolcán por primera vez, y cráteres donde impactaron meteoritos y puede haber agua. Si todo va bien, y muchos andamos preocupados ahora mismo, debería llegar a Titán en 2034 y descubrirnos un nuevo mundo in situ, un lugar muy diferente a Marte, que ya nos ha dado imágenes espectaculares con sus rovers.

Es muy probable que Dragonfly no descubra vida, pero es un paso más en el camino. ¿Y qué pasaría si se descubre, o más bien yo diría qué pasará cuando se descubra, que no somos únicos en la Tierra, que hay vida más allá? ¿Se romperá el paradigma de la vida pero nos quedaremos con el de la vida inteligente? ¿Cambiará nuestra visión del universo y de nuestro planeta? ¿A qué llevará ese grandioso descubrimiento? ¿Abandonaremos la idea del pueblo elegido y de ser especiales? Estos meses no soy optimista de que nos sirva para algo, pero estoy convencido de que el paradigma se romperá.

Vacío Cósmico es una sección en la que se presenta nuestro conocimiento sobre el universo de una forma cualitativa y cuantitativa. Se pretende explicar la importancia de entender el cosmos no solo desde el punto de vista científico, sino también filosófico, social y económico. El nombre “vacío cósmico” hace referencia al hecho de que el universo es y está, en su mayor parte, vacío, con menos de un átomo por metro cúbico, a pesar de que en nuestro entorno, paradójicamente, hay quintillones de átomos por metro cúbico, lo que invita a una reflexión sobre nuestra existencia y la presencia de vida en el universo. La sección la integran Pablo G. Pérez González, investigador del Centro de Astrobiología, y Eva Villaver, subdirectora del Instituto de Astrofísica de Canarias.