Por la seguridad nacional y los granjeros de Kansas. El resto del mundo, que pague. Literalmente y un mínimo del 10% en todo lo que se venda a Estados Unidos; y, país por país, en proporción a lo que la Casa Blanca cree que se les aplica y que para la Unión Europea llegará al 20% y para China, a un 34%. La guerra comercial desatada por Donald Trump nada más sentarse por segunda vez en el Despacho Oval viene avalada por el lenguaje bélico de manual. Las hostilidades se han desatado y ahora se espera la respuesta europea, china, mexicana… hasta que se extienda por todo el planeta.
Así lo ha ideado el mandatario durante tres meses en una hoja de ruta que se recoge en el siguiente gráfico:
Guerra total. Lo invocaba ya, aquel mismo 20 de enero de toma de posesión, el decreto por el que Donald Trump sancionaba la America First Trade Policy y en el que se definía la política comercial como “crítica” para proteger el país (y sus vacas y coches, fábricas y tecnología). El enemigo está claro: de la Unión Europea a China, pasando por los vecinos más inmediatos (y socios más interdependientes), como México y Canadá. La estrategia parece confusa en sus formas, pero se antoja clara en su objetivo: tener siempre la última palabra ante un déficit comercial galopante y batiendo su récord en cada revisión.
En juego queda el crecimiento mundial, una tarta de unos 100 billones de euros de Producto Interior Bruto donde solo Estados Unidos, la UE y China juntos llegan a los 60 billones, según los datos de cierre de 2023 del Banco Mundial. La conclusión alcanza la unanimidad: una pelea a golpes arancelarios entre los tres gigantes planetarios solo traerá menos actividad, más despidos y mayor inflación, apuntan todos los servicios económicos a cualquier lado del Atlántico, expertos de toda condición y hasta la agencia de Comercio de la ONU, que en su último balance alertó sobre la “incertidumbre que acecha” en 2025.
“La dinámica actual se mantendrá mientras el Congreso de Estados Unidos no ejerza el control que legalmente tiene sobre la política comercial. Pero a largo plazo causará un grave daño económico al crecimiento y a la productividad americana, así como al bienestar de los hogares”, explica Adam Posen, presidente del Peterson Institute for International Economics. “La estrategia no es sostenible a largo plazo. El coste económico es tan elevado que incluso las empresas que apoyaron a Trump durante la campaña presidencial van a protestar”, añade Enrique Feás, Investigador principal del Real Instituto Elcano.
Han pasado tres meses desde que Trump desplegó su artillería. Ya sentado tras su escritorio en el Despacho Oval al poco de tomar posesión y rodeado de periodistas, desgranó algunas de sus obsesiones y se fijó primero en México y Canadá a cuenta del poco control migratorio en sus fronteras y, sumando a China en el paquete, los culpó de propiciar la extensión del fentanilo por los grandes suburbios de EE UU. Desde el 20 de enero a principios de febrero, estuvo amenazando con imponer unos aranceles del 25% a todas las importaciones de ambos países y un 10% adicional a las chinas. Estos tres países acaparan la mitad del desequilibrio comercial que sufre Estados Unidos.
México y Canadá:
A poco de que entrase en vigor el golpe, el 4 de febrero, y después de que Canadá y México amagaran con represalias, retrasó un mes su aplicación al arrancar un principio de compromiso de que habría más vigilancia al otro lado de cada frontera. A principios de marzo se aplicó un periodo de exenciones que expira a principios de este mes de abril. México y EE UU se necesitan, después de que el país al sur se convirtiera en 2024 en el primer socio comercial del vecino norteño, con unas importaciones que marcaron un máximo histórico de 505.851 millones de dólares, frente a los 475.216 millones de 2023. Pese al aumento exportador, el déficit comercial de Estados Unidos con México marcó un nuevo récord de 171.189 millones de dólares. Con Canadá, el desequilibrio comercial es menor y está lejos del récord de 78.192 millones de 2022, quedando al final del año pasado en 63.336 millones. Ambos países mantienen una tasa del 25% debido a que siguen sujetos a la Emergencia Nacional relacionada con el fentanilo y la migración. Es decir, que no se les aplica el nuevo régimen de reciprocidad.
China:
El tercer gran socio, China, ha perdido su puesto como principal proveedor, pero es con quien Estados Unidos ostenta un mayor déficit comercial, de hasta 295.402 millones de dólares y pese a que desde 2018, con la continuada política de confrontación tarifaria, ha logrado bajar desde su máximo histórico. Quizá por ello con China se mantuvo en un primer momento el pulso y Pekín contestó con sus propias amenazas, de modo que Washington bajó el tono y no subió las tarifas a la entrada de productos chinos de poco valor, como pretendía hacer. Pero ahora el escenario es distinto, pues el Ejecutivo estadounidense ha decidido imponerles una tasa del 34%. Para respaldar el ataque, ha insistido que “durante décadas, su país ha sido saqueado y violado por naciones cercanas y lejanas, tanto enemigas como enemigas”.
Unión Europea:
El gigante norteamericano también tiene un déficit comercial con la Unión Europea, su otro gran acreedor mundial, que se encuentra en niveles récord, con 235.571 millones de dólares. El republicano pretende paliar este alto nivel de endeudamiento a base de un arancel del 20%, según lo anunciado este miércoles, pero el resultado puede ser justo el opuesto. “Trump tiene tres objetivos: bajar el déficit, hacer crecer el sector manufacturero en Estados Unidos y aumentar los ingresos del Gobierno. El problema es que el consumo nacional y la inversión son mayores que su producción, por lo que necesariamente debe haber un recorte en este terreno”, detalla Gian Maria Milesi-Ferretti, fellow de la Brookings Institution y ex número dos del departamento de análisis del FMI. El economista añade un segundo problema: la recaudación. Mientras el mandatario insiste en recortar impuestos en la economía doméstica, sube tarifas que terminarán pagando los hogares estadounidenses por los productos importados.
Pese a las incoherencias que los analistas ven en esta estrategia, el mandatario ha ido recrudeciendo los ataques. No había pasado ni una semana de las amenazas arancelarias a sus vecinos del norte, cuando el presidente republicano retomó la iniciativa con la imposición a todo el planeta de unos aranceles del 25% al acero y al aluminio a partir del 12 de marzo, con un impacto en el comercio de más de 200.000 millones, según Bloomberg, y en línea con lo ya decretado en 2018. Sin salir de la industria, más inquietud causó en la Unión Europea cuando el 12 de febrero Trump esbozó que impondría un 25% de arancel a la compra de coches y componentes extranjeros, afectando a un intercambio valorado en más de 300.000 millones de euros. El gravamen a todos los vehículos fabricados en el extranjero entra en vigor este 3 de abril.
Desde Bruselas se respondió a la realidad de los aranceles al acero y al aluminio con una respuesta quirúrgica, destinada a infligir daño selectivo a productos de zonas de voto republicano y rural: se adelantaron aranceles a la importación europea de alimentos como la soja o las nueces, a las motos Harley Davidson, o al bourbon, el vino y los cítricos. “Euro por euro, dólar por dólar”, se contestó desde una UE cuya primera lista de contraataque replicó, la que se esgrimió en 2018 y se abrió a debate hasta cuánto se podría extender. De inmediato, Trump puso encima de la mesa otra amenaza: gravaría a productos alcohólicos claramente europeos como el vino por valor de 200.000 millones. En cartera tiene también aranceles a los productos farmacéuticos, los microprocesadores, la madera y el cobre, entre otros, aunque no está claro si unos se superponen a otros.
Europa ha proclamado una y otra vez que responderá con firmeza a lo que haga Estados Unidos, pero el alcance del contraataque es incierto. “La cuestión es si Bruselas va a responder de manera más simbólica que práctica, por ejemplo, poniendo un impuesto al bourbon estadounidense. Es una respuesta, pero muy limitada si se compara con el impacto que tendrá sobre las exportaciones europeas una tasa al vino”, insiste Ferretti. En su opinión, una opción más efectiva y quirúrgica sería apostar por productos que se producen en los territorios clave para el partido republicano. “Si intentas golpear donde más duele, es en aquellas zonas de interés para la Administración”, remata.
La última ofensiva:
De vuelta a mediados de febrero, en aquellos días Trump regateaba a un lado y otro con su estrategia de la confusión, ya que el gravamen a la automoción no se confirmaría hasta hace una semana. Por San Valentín, sin embargo, acuñó como suya otra palabra fetiche en su manual de guerra comercial: recíproco. Cada cual pagaría en función de sus tarifas hacia Estados Unidos. En la retaguardia de su argumentario, el IVA que Europa impone a sus ventas al exterior: nada menos que un negocio de más de 600.000 millones de euros.
Hasta dónde llega el último golpe es una de las incógnitas que todavía deberán responderse tras la jornada a la que Trump ha bautizado militar y pomposamente “día de la liberación”. Lo cierto es que el republicano ha emprendido una especie de viaje al siglo XIX, cuando los aranceles eran la principal fuente de ingresos del Tesoro de EE UU.
“Más allá del impacto económico directo de los aranceles ya implementados, este aumento en la incertidumbre probablemente represente el daño más sustancial y duradero en estos primeros meses de la segunda administración Trump. La credibilidad de los compromisos comerciales de EE UU y en áreas relacionadas se ha visto considerablemente debilitada, y aún está por verse el impacto a largo plazo sobre las cadenas de valor globales”, remata Andreas Baur, economista del Instituto Económico Alemán Ifo.