Envejecer sienta mal, pero no se considera una enfermedad. Por eso hay un gran mercado para quienes venden curas frente al paso del tiempo. Estos remedios se ofrecen en una zona gris, en la que cabe la medicina convencional y los elixires de curandero, donde los requisitos no son tan estrictos como para los fármacos tradicionales. Uno de estos tratamientos son los pellets hormonales, unos pequeños cilindros cargados con hormonas que se colocan con una inyección debajo de la piel. Desde ahí, durante meses, van liberando poco a poco estrógenos o testosterona para compensar el descenso de esas hormonas que se produce con la edad y que se asocia a la pérdida de energía y deseo sexual o a la ganancia de grasa. Algunas de las que los usan, con más frecuencia mujeres, aunque también hombres, afirman volver a sentirse jóvenes, pero es difícil evaluar su efectividad porque no existen estudios específicos que la midan ni sigan a las pacientes a largo plazo.
Como muchos de estos tratamientos o test que se basan en la ciencia, pero a veces no lo suficiente, se ofrecen en clínicas privadas, con frecuencia especializadas en tratamientos de estética y con nombres rimbombantes como “chip de la juventud” o “chip sexual”. En estos establecimientos, junto a intervenciones de rejuvenecimiento facial y corporal, aumento de glúteos o blefaroplastia para quitar las ojeras, se ofrecen hormonas bioidénticas, producidas a partir de vegetales e indistinguibles químicamente de las que genera el cuerpo. Pese a venderse en ocasiones con la etiqueta de natural, no están exentas de riesgos, como las terapias hormonales convencionales.
“No son fármacos como tal, no están aprobados por las agencias reguladoras, son fórmulas magistrales”, explica Silvia P. González, ginecóloga y presidenta electa de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia. “El médico le dice al farmacéutico qué necesita para una paciente concreta y el farmacéutico hace la fórmula magistral, como se hace en otras especialidades, como si alguien necesita una crema”, continúa. “Lo que se defiende desde las sociedades científicas es que si tenemos medicamentos con estudios de seguridad, eficacia y calidad, deberíamos recurrir a esos fármacos y no a estas preparaciones”, concluye.
En las últimas semanas, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) ha retirado toda la producción de estos pellets y ha suspendido la elaboración de estos productos en dos farmacias, una en Adzaneta de Albaida y otra en Tavernes de la Valldigna, ambas en la provincia de Valencia. “Se hicieron inspecciones en las farmacias y se vio que la metodología de producción de estos pellets no era adecuada por dos problemas: la calidad microbiológica, que no garantizaba que fuese estéril, y el comportamiento de la fórmula farmacéutica, que no garantizaba que la liberación de la hormona fuese gradual y no se liberase todo de golpe”, explica Manuel Ibarra, jefe del Departamento de Inspección y Control de Medicamentos de la AEMPS. “Nos habían notificado sospechas de reacciones adversas, que no podemos atribuir a los implantes como factor causal, pero sabemos que si la hormona se libera de golpe, puede provocar problemas médicos, como sangrado vaginal”, señala Ibarra.
Santiago Palacios, director de la Clínica Palacios, considera que la idea de crear estos implantes como una fórmula magistral pudo tener sentido en un principio, pero ahora cree que sería preferible “que se regulase como los demás fármacos y se produjese en un laboratorio con todos los requisitos de seguridad”. Además, advierte que la idea de que los pellets hormonales son fórmulas magistrales que encarga un médico y elabora un farmacéutico para cada paciente, se ha pervertido. “Al principio se planteaba que con la fórmula magistral se adaptaba la dosis para cada paciente, pero eso no es así, porque son todas iguales. Si una farmacia hace doscientas fórmulas magistrales de lo mismo, eso ya no es una fórmula magistral”, indica.
En el siglo pasado, la terapia hormonal para la menopausia se utilizó como una especie de elixir de la juventud para paliar síntomas de la menopausia como los sofocos y prevenir enfermedades crónicas, unas promesas similares a las que hoy hacen populares los pellets. Sin embargo, un estudio de 2002, que relacionaba la terapia hormonal con un mayor riesgo de cáncer e infarto, provocó una etapa de hormonofobia que, al menos entre algunos médicos y pacientes, continúa hasta hoy. Después, nuevos estudios matizaron los riesgos y las sociedades científicas suelen recomendar que la terapia hormonal no debe utilizarse para prevenir enfermedades crónicas, pero sí para evitar síntomas severos de la menopausia, como los sofocos.
Las indicaciones de las hormonas bioidénticas, sin embargo, no se ajustan a la ortodoxia. González critica que “en la mayor parte de los lugares donde se administran pellets, lo hacen con un pretendido efecto antiedad. En las sociedades científicas consideramos que esa no es la indicación por la que se deben administrar en ningún caso y los ensayos clínicos [con las hormonas utilizadas] tampoco se diseñaron para probar ese efecto”. Francisco Carmona, jefe de servicio de Ginecología del Hospital Clínic de Barcelona, apunta que “hay muchos ginecólogos que lo utilizan de manera sistemática”, pero critica que, “como la regulación es mucho más laxa”, se permita utilizar “de una manera poco rigurosa. Si se regulase mejor, podrían ser útiles, pero como no son medicamentos, no hay control, y lo puede recetar alguien de estética o sin la experiencia necesaria en el uso de medicamentos hormonales. Yo reivindico el papel del médico experto”, concluye.
Otro de los problemas con el uso de los pellets es la forma en que se decide qué cantidad de hormonas necesita la paciente. Las agencias reguladoras recomiendan que son los síntomas que se quieren tratar y el efecto de los tratamientos sobre ellos los que deben orientar el uso de las hormonas. En las clínicas que ofrecen las hormonas bioidénticas, es frecuente que el método para decidir qué tratamiento se aplica sea una medición de los niveles de una hormona en sangre. “Con un análisis en un día cualquiera del ciclo te puede salir que la testosterona está más baja de lo normal y decides que la mujer necesita testosterona, cuando los niveles hormonales son variables”, explica Carmona.
González cree que parte del éxito de las clínicas que ofrecen este tipo de terapias hormonales se debe a que “muchas mujeres han visto que en estos sitios es el único lugar en que se les escucha y se les da alguna solución”. Y añade: “Todavía, en muchos casos, el profesional sanitario no está familiarizado con la menopausia, no la conoce mucho, no le interesa mucho y no realiza un abordaje satisfactorio para las mujeres, y estamos trabajando para que estos profesionales, no solo ginecólogos, también en primaria o matronas, estén mejor cualificados y más actualizados sobre la menopausia”, afirma.
Como alternativa a los pellets, que se suelen aplicar en clínicas privadas y no cuentan con financiación pública (el coste puede ir desde los 600 a los 1.200 euros anuales), en España, las mujeres pueden acudir a sus médicos de la Seguridad Social que, después de la evaluación de sus síntomas, les puede ofrecer medicamentos subvencionados por el Estado, como los estrógenos, la testosterona o la progesterona, para paliarlos. “En casos excepcionales, si no eres capaz como profesional sanitario de encontrar una pauta hormonal dentro de las comercializadas como fármacos para una mujer concreta, podrías recurrir a las hormonas bioidénticas no reguladas, pero siempre explicando a la mujer que no hay datos que avalen la seguridad, la eficacia y la calidad [de la terapia], porque, a veces, como no tienen prospecto, da la sensación de que son inocuas, pero eso no es cierto”, asevera González.
En una sociedad donde la resignación es una receta cada vez menos frecuente frente al envejecimiento, las terapias científicas para combatirlo tienen un mercado creciente. Sin embargo, en el caso de los pellets hormonales faltan estudios que permitan conocer con precisión sus efectos y sus riesgos. La misma falta de conocimiento hace que estos tratamientos puedan vender efectos milagrosos, aún sin comprobar ni refutar, a todos aquellos dispuestos a creer en soluciones extraordinarias.