David Álvarez | Olot (Girona) (EFE).- El escritor Manuel Vilas conoce bien Estados Unidos después de haber residido allí durante una década y, aunque le duele la situación actual en aquel país, tira de un humor aragonés que reivindica para verbalizar un deseo: «Ojalá Trump y Putin vieran a Gila».
Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) habla con EFE con motivo de su paso por Olot como figura del festival MOT y ha aprovechado para desgranar su visión sobre la actualidad estadounidense y el mundo en general desde ese prisma socarrón que exhibe sin complejos en su última novela, ‘El mejor libro del mundo’ (Destino).
Cuando se le cuestiona al inicio por el momento presente y la situación geopolítica, deja claro el tono de la entrevista: «Pensaba que me iba a ir de rositas de este mundo, el covid como máximo, pero ningún mal rollo histórico y parece que viene uno».
Alegato en favor de Gila y su caricaturización del enemigo
«Igual tengo que ir a pegar tiros a no se sabe quién», continúa antes de lanzar ese alegato en favor del fallecido humorista Miguel Gila: «Ese tío era un iluminado, en sus chistes caricaturizaba la idea del enemigo, pero, ¿quién coño es el enemigo?».
La propuesta a Trump y Putin de que vean los vídeos de Gila le lleva a ‘El mejor libro del mundo’, una novela en que se otorga el derecho, entrado en la sesentena de años, a repasar lo que le apetece y que define como «una celebración de la comedia humana».
Esa mirada desde el humor es en su opinión «una forma de desactivar la autoridad, la solemnidad e incluso la guerra», especialmente en una época en que se vislumbra «un clima prebélico, hay que comprarse armas y ¿quién quiere comprarse un tanque que vale una millonada?».
‘El mejor libro del mundo’
«Yo lucho contra todo esto en mi libro a través de la comedia en un ejercicio de desactivar todos esos mensajes oscuros y siniestros que se camuflan bajo la solemnidad», añade.
Sobre Estados Unidos, no reconoce en todo lo que sucede su «esencia fundacional» y asegura que le ha afectado hasta el punto de deprimirlo.
El éxito de Trump lo encuentra en el ámbito de la iconografía, porque «no se entiende el pueblo americano sin la idea del espectáculo» y recuerda el intento de asesinato que sufrió el pasado junio o la reciente entrevista con su homólogo ucraniano, Volodimir Zelensky.
El español, un idioma de pobres
En su última novela, se suma al mensaje de que el español es un idioma de pobres que mediatizó el director de ‘Emilia Pérez’, Jacques Audiard, aunque él prefiere utilizar el término diglosia para decir lo mismo refugiado en un academicismo.
Todo ello le lleva a recordar que acaba de publicar ‘Dos tardes con Franz Kafka’ (Alianza Editorial) y que ha buscado en el checo «una especie de auxilio, a un santo que te proteja cuando algo ya no tiene fundamento inteligente».
«¡Ayúdame!», le implora a Kafka antes de volver a sonreír y exponer que le resulta muy complicado pensar en el mundo desde la seriedad.
Para él, el humor es «una forma de fraternidad, de mano tendida al otro para reír juntos de todo y descansar», y pone ejemplos que aparecen en ‘El mejor libro del mundo’ como la necesidad «si vas al médico en España, de que te recete algo».
Adicto al ibuprofeno
Él se declara adicto al ibuprofeno, una «droga de farmacia» como tantas que se sirven, incluidas las benzodiazepinas o los antidepresivos, todas baratas «hasta el punto de que un chupito de fluoxetina te sale por unos céntimos».
Esas cosas de la vida cotidiana o artículos que ha leído sobre archimillonarios que contratan a investigadores para que estudien sus cuerpos y les hagan vivir más años le llevan a hablar de «un mundo desquiciante que alienta la lógica del capitalismo», un concepto que fotografía en sus obras sin juzgarlo, labor que le deja al lector.
Ve de todos modos que el ser humano evoluciona a mejor siempre, que el español de 2025 está mejor que el de 1985 y aún lo estará más en 2065, por eso defiende la longevidad y se refiere en Olot a Maria Branyas, la vecina de esta ciudad que falleció en 2024 con 117 años.
«Ella vio cambiar el mundo, vio las guerras, la miseria, la construcción del estado del bienestar y, que lo que era pecado hace cincuenta años, ahora es saludable», señala.
Desde esa reflexión, se define para concluir como vitalista y lo justifica desde un ejemplo personal que le sirve para lanzar un último recado, nuevamente desde el humor: «Yo me levanto por la mañana como un gallo y aquellos que quieren ensombrecer la vida tendrán siempre a la literatura enfrente». EFE