Vestido con un polo a rayas de manga larga, pantalón corto y mocasines. Johan Cruyff, con apenas siete años, fino como un palillo, da toques a un balón de cuero. Con el pie. Con la cabeza. También se anima a jugar un rondo o tirarle un caño a un amigo, mientras bordea la esquina de una carretera. Un coche y un scooter son testigos de la acción técnica. El entorno es idílico. Las aceras hacen acto de presencia. “Todo está en la calle. Allí es donde se descubre el fútbol, donde surge la pasión por este juego”, escribió el mito holandés en su libro, Fútbol. Mi filosofía.
La escena descrita —publicada en un vídeo en las redes sociales del Ajax como homenaje al Flaco tras su muerte en 2016— significa más que una jugada. Refleja un modus vivendi casi olvidado. Casi pretérito. Una realidad indisociable a la más pura creatividad e imaginación futbolística. Lo que Jorge Valdano denomina “fútbol de potrero”. “La calle te enseñaba cosas del fútbol o de la vida. Ahí cabíamos todos: pobres, ricos, altos, bajos, buenos y malos”, apunta el comentarista argentino sobre “una escuela que ha dejado de ser un escenario formativo”.
En la campaña 2023-2024, se completaron un total de 28.264 regates en las cinco grandes ligas europeas, según datos de Opta. Un déficit de poco más del 21%, respecto al curso 2020-2021 (34.308). La brecha entre los cuatro campeonatos se acentúa todavía más, si se comparan los números de dribles realizados, en lo que va de temporada actual (20.316). ¿Dónde quedan ahora los elogios a Garrincha que cantaba Alfredo Zitarrosa en 1986? Los motivos que explican este ocaso regateador en la actualidad son varios.
Uno de ellos es la pérdida progresiva del juego en las calles: atmosfera históricamente configuradora del futbolista. No obstante, ahora ya no lo es tanto. Al menos, no como antes. Así lo entiende Javi Chica, hoy entrenador del Juvenil A del Espanyol, quien aún explica a sus jugadores las ventajas de haberse formado entre pistas de cemento y en las explanadas de los parques. Entre los olmos de Can Dragó, en Barcelona, regateaba a toda persona que se le interpusiera en el camino. “La gente fliparía, pero era así”, recuerda el exdefensa blanquiazul sobre su época de cadete y juvenil.
“La facilidad con la que Lamine supera jugadores con 17 años es asombrosa. Pero eso viene de trabajarse en la calle y no en metodologías de clubes. Hay un don que lo llevan esas personas que han pasado horas jugando en el exterior. Esto a día de hoy se ha perdido”, reflexiona el preparador perico, que cuenta con una visión parecida a la de Juan Carlos Unzué. “Esa rutina ha desaparecido un poco en el día a día de los jóvenes. Hace 15 o 20 años era más habitual. Aprendías a superar al rival de forma individual y esto en el fútbol actual tiene mucho valor”, sentencia el extécnico blaugrana.
En LaLiga, la cifra de regates completados por temporada ha tenido épocas de auge y declive desde la 2005-2006 (4.074). El curso 2017-2018 supuso el pico más alto en este sentido, con 7.730 y teniendo a Leo Messi como máximo gambeteador aquella campaña: 185 dribblings en 36 partidos, según Opta. Desde entonces, esta estadística ha ido descendiendo progresivamente. En la 2023-2024, se convirtieron un total de 6.167, es decir, un 20,2% menos respecto al mejor registro de hace siete cursos.
“La época de Guardiola confundió. Muchas veces a chicos de seis o siete años ya les dicen de jugar rápido y que no pueden tener mucho la pelota. A esas edades, cada uno es como es. Cuanto más pequeño para entender el juego, mejor. Pero tampoco hay que quitar la espontaneidad. Toda la vida el jugador sudamericano fue diferente y tuvo más eso que el europeo. Cada vez se ven menos jugadores así”, sentenció el propio Leo Messi en una entrevista con el periodista argentino Juan Pablo Varsky.
Así pues, el regate no solo se erige como uno de los mayores atractivos en la contemporaneidad del deporte rey, sino también como una vía de escape en sí misma. Un elemento diferenciador. Un resquicio, en forma de desborde, con el que poder abrir la puerta a la improvisación y cerrársela a lo preestablecido, determinado y metodológico. Adjetivos vinculados al “imperio de la táctica”, cuyo régimen gobierna desde las raíces del fútbol base, según Jorge Valdano.
“En la enseñanza, los entrenadores intervienen demasiado. Es como que desconfían de la inteligencia natural del jugador y eso es un pecado mortal para la evolución de los que son diferentes”, remarca el exentrenador y analista de fútbol. Asimismo, Jordi Roura, extécnico del Barça y segundo de Tito Vilanova en la temporada 2012-2013, apunta a otra causa sobre la decadencia del regate. Una que va más allá de lo técnico o táctico. “He tenido jugadores que tenían miedo a driblar”, manifiesta.
Se refiere al miedo al error. A la pérdida. A ceder el control del juego. Componentes que intervienen en el proceso creativo del jugador. Roura lo sabe bien. Su demarcación como futbolista, durante los años 80 y 90, era la de extremo. “Es muy cómodo gritar desde el banquillo. En el fútbol formativo, es importante dejar a este tipo de atacantes jugársela”, sentencia el preparador culé. Y añade: “A veces, se tiene la tendencia de que se pierden los balones y decir: ‘Pásala, pásala’. ¿Por qué? Si la situación puede crear superioridad, el jugador debe probarlo. Si después pierde la pelota, mala suerte”.
Con todo, Roura es optimista y cree que la figura del extremo regateador no desaparecerá en el futuro. No obstante, advierte, que serán especialistas “difíciles de encontrar”. “Esto irá por épocas”, intuye Javi Chica, quien subraya la figura del driblador como “un alma libre”. “Veo un partido con la esperanza de observar cosas distintas. No movimientos coordinados, estudiados, y para eso la libertad en el proceso de aprendizaje es fundamental”, opina Valdano.
Quizás, por eso, la calle es imperecedera al fútbol. Porque conecta a cualquiera de sus practicantes con la esencia más terrenal e indisociable del juego. Aquella relacionada con la creatividad y la imaginación. Con la improvisación y la genialidad. Con la pausa y el engaño. Una esencia que profesó Johan Cruyff —como tantos otros futbolistas y entrenadores— ya desde niño, mientras daba toques a un balón de cuero. El escenario, entonces, era el mismo para él, como puede ser ahora el mismo para todos: la calle. “Allí es donde se descubre el fútbol, donde surge la pasión por este juego”, escribió una vez El Flaco.